7.1.10

Anotaciones sobre la ira

La espiral del pesimismo se repliega en una serie de actos mecánicos ensayados a lo largo de las vicisitudes. Prueba y error. El método. El cálculo.

Esa resignación soberbia, pose de la existencia adorando a su intrascendencia, tan seductora para algunos exquisitos (al punto de la admiración, el estremecimiento y el ruego por una reciprocidad imposible). La flemática danza de la mariposa nocturna, la autosuficiencia ávida de alabanzas. El señuelo del suplicio, inolvidable y recurrente.

¿Cuánto será preciso de tolerancia para no desintegrarse? Acaso las instancias límites, o la brisa de lo inesperado, o el trompazo atómico de la decadencia obren en auxilio. La presión no pasa a retiro jamás, y en el peor de los casos se intestina, herrumbrando las claraboyas del espíritu. La manipulación del deseo no siempre concluye en aniquilamientos redentores.
Ahora, mientras desayuno, la envidia me amenaza, me invade, me hace mohínes. Pero yo intuyo que desde la perspectiva de la totalidad no hay soledad, ni olvido [no hay excusa para la queja]. Por tanto, mi resentimiento es un contrasentido y mi derrota una absurdidad. El Universo se entropiza en saetas de plenitud. Y es imperial, ajeno a estas vergonzosas suspicacias.

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